martes, 14 de agosto de 2012

Todo lo (in)visible.

Siempre me ha fascinado la magia de las pequeñas cosas, de los momentos e instantes, de los segundos y las gotas de lluvia. La individualidad de cada copo de nieve o su totalidad cubriendo las calles de Madrid, el deshielo de esa masa grisácea y marrón que se cuela por las alcantarillas. El rugido del viento golpeando mi ventana y la espuma de las olas al morir contra las rocas. La suavidad de las sábanas recién lavadas o el revuelto de telas entrelazadas a las tantas de la madrugada.

Los detalles que se escapan de la mirada del resto, que pasan desapercibidos como la hoja que cae del árbol contra la acera mojada en otoño. Esas pequeñas cosas que son un todo y un nada. Los lados opuestos de una misma moneda, la cara y la cruz, los seis lados de un dado. El ying y el yang que nacen el uno del otro viviendo en una simbiosis perfecta.

La creación de cada uno de nuestros recuerdos compuestos por pequeños momentos: una mirada, tu sonrisa, esa lágrima y aquella canción. Lo triste y lo bello, las carcajadas y unas gafas de buceo, el roce de tus pies bajo la mesa y el adiós de la despedida. Si me diesen a elegir prefiero quedarme con el lunar que tienes sobre los labios, con las arrugas de tus ojos al sonreír y con cada gota de lluvia que golpeaba la ventana del coche.

Guardo en una cajita color morada todas esas escenas, esos olores, nuestros besos y los sonidos más bellos que he encontrado junto con dos conchas rotas, un puñado de arena de playa y una promesa. Se que a ti también te sucede, sonríes cada tarde de primavera mientras tomamos una caña en cualquier terraza y ves como el viento mueve mi vestido y roza mis piernas y tus piernas. Se que tu también prefieres esa magia y que escondes un cofre bajo la almohada para guardar tus pequeños tesoros.

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