domingo, 20 de febrero de 2011

Te odio.



Te odio como nadie en este mundo te odiará.
Te odio como no se puede odiar a nadie más.
Te odio porque siempre sigues, siempre sigues,
siempre sigues, siempre sigues ahí.


.

sábado, 19 de febrero de 2011

Domingo.


Octubre o quizás noviembre, no recuerdo bien pero se que fue domingo. Inolvidable y perfecto, tú lo hiciste así. Sin embargo después de más de un año de aquello todo es diferente, he cambiado y seguro que tú también lo has hecho.
El sol nos cubría mientras esperábamos a que las puertos del Prado se abriesen. Mientras un frapuccino de esos que me gustan tanto en tus manos. Recorrimos cada uno de los pasillos del museo, hablábamos bajito para esconder nuestros secretos, me abrazabas y explicabas cada uno de los cuadros. "Ven, sepárate de las Hilanderas disfrutarás mejor de ellas desde más lejos". Me sonreías con los ojos y me besabas. Paseamos por el Retiro y descubrimos mil rincones de Madrid. Yo sonreía, tú me querías.
Ahora no tengo valor para coger el teléfono y preguntar cómo te va, que has hecho todo este tiempo y si aun te acuerdas de mi como yo lo hago de ti. No te he amado como te merecías pero te quiero, siempre lo he hecho. Adoraba como me mirabas y me hablabas, la forma en que me hacías feliz y la manera en que cumplías cada uno de mis caprichos.
Quizás no quiera recordar como acabó todo, fui egoísta, ahora lo veo e intento disculparme. puede que sea tarde para ello, demasiado tarde... Mientras no olvido aquel domingo, nadie podría haberlo hecho mejor que tú, nadie me ha vuelto a mirar así y nadie ha conseguido hacerme tan feliz como tu lo hiciste, ni siquiera lo han intentado ni la mitad que tú. Por todo ello y por lo que me he callado pero ambos sabemos Madrid sigue siendo nuestro, de nadie más.

lunes, 7 de febrero de 2011

Humedades.


Tormentas de verano. Se empapa el edredón. La arena se arremolina contra el espigón. El mar grita mi nombre, susurra en mi oído. La espuma de las olas muere en las rocas, dejan que me roces. Arden con cada vaivén de la marea. El rugir de las olas al caer sobre la playa. El viento nos eriza la piel. No somos cristales domados por la salitre. Cuevas profundas, agua embravecida golpea con pasión la piel. El sonido del mar libre y revuelto. La cama deshecha. Pequeñas gotas de sudor. Ahora viene la calma del amor. Despeja una sonrisa. Besos que merman las olas. Caricias que aumentan el nivel del mar. Suena la brisa de una canción.