
Estoy rodeada de margaritas amarillas de todos los tamaños, cojo la más cercana a mi mano y la observo de cerca, es preciosa, imperfecta... rozo cada uno de sus pétalos y comienzo a jugar, me encanta, otra sonrisa aparece en mi cara, un pétalo, dos pétalos, tres pétalos... sí, no, sí, no... vuelvo a crear mis propias normas del juego, nadie me lo impide; si el último pétalo arrancado es un no, no me sirve, seguro que está trucada esa flor, cojo otra margarita y comienzo de cero, quizás esta sea la acertada... así hasta que consigo un sí. Otra sonrisa adorna mi cara.
Me gusta saber que existen pequeñas cosas que alcanzo a controlar a pesar de la magnitud de la vida; momentos que puedo recrear en mi cabeza, que son míos y que los puedo guardar para siempre. Nadie me los logrará robar, incluso poseo el privilegio de modificarlos a mi antojo. Disfruto tumbada en la hierba, notándola contra mi cuerpo, escucho el viento que mueve mi cabello y espero a que aparezca una mariquita, sonrío y soy feliz. Solo me preocupa darle un sentido a cada nube del cielo.
Me gusta saber que existen pequeñas cosas que alcanzo a controlar a pesar de la magnitud de la vida; momentos que puedo recrear en mi cabeza, que son míos y que los puedo guardar para siempre. Nadie me los logrará robar, incluso poseo el privilegio de modificarlos a mi antojo. Disfruto tumbada en la hierba, notándola contra mi cuerpo, escucho el viento que mueve mi cabello y espero a que aparezca una mariquita, sonrío y soy feliz. Solo me preocupa darle un sentido a cada nube del cielo.